¿Quién cortó las montañas de los Santos?

Roger Urena Rojas September 07, 2026


¿Quién cortó las montañas de los Santos?

El derecho a producir no puede convertirse en derecho a destruir

Hay una pregunta que, de vez en cuando, deberíamos hacernos quienes vivimos en la Zona de los Santos:

¿Quién cortó nuestras montañas?

La pregunta no pretende señalar a una persona ni a una generación. Es una pregunta para todos nosotros. Porque las montañas que hoy vemos transformadas, con cafetales, potreros, viviendas y caminos, no siempre fueron así.

En el libro del Génesis encontramos un pasaje que ha acompañado durante siglos la relación del ser humano con la naturaleza. En Génesis 1:28, Dios entrega al hombre y a la mujer el dominio sobre la creación: la tierra, los animales y los demás seres vivos.

Ese mandato ha sido interpretado de distintas maneras. Pero hay algo que me parece fundamental: tener dominio no debería significar tener permiso para destruir.

El ser humano recibió la capacidad de utilizar la creación para vivir, alimentarse y desarrollarse. Pero también recibió la inteligencia y la responsabilidad para administrarla.

Durante muchos años aprendimos que los recursos naturales podían clasificarse en tres grandes grupos: renovables, no renovables e inagotables.

Parecía una clasificación sencilla: había recursos que podían volver a producirse, otros que algún día se acabarían y otros que considerábamos prácticamente ilimitados.

Con el paso del tiempo comprendimos que la realidad era mucho más compleja.

Un bosque puede volver a crecer, sí, pero no necesariamente en el mismo tiempo en que fue destruido. Un río puede recuperarse, pero puede perder su capacidad de sostener vida si lo sometemos permanentemente a contaminación o extracción. Un suelo puede producir durante décadas, pero también puede agotarse y erosionarse.

Por eso hoy hablamos cada vez más de uso sostenible, conservación, restauración y planificación territorial.

Y aquí debemos mirarnos nosotros mismos.

La Zona de los Santos se construyó también con esfuerzo humano. Nuestros antepasados llegaron a estas montañas, abrieron caminos, construyeron sus casas y encontraron en la agricultura y, especialmente, en el café, una forma digna de ganarse la vida.

Para cultivar hubo que abrir claros en el bosque.

Eso forma parte de nuestra historia y sería injusto juzgar el pasado con los criterios ambientales del presente.

Pero una cosa es transformar una parte de la montaña para producir y otra muy distinta es pensar que toda montaña disponible puede ser transformada.

Ahí está el límite.

Porque cuando la necesidad de producir, construir o desarrollar comienza a avanzar sobre los bosques que deberían permanecer en pie, ya no estamos hablando solamente de aprovechamiento de los recursos naturales.

Estamos hablando de extralimitación.

Y no es solamente una preocupación de ambientalistas. Es una preocupación por el agua, por los suelos, por la biodiversidad, por la estabilidad de nuestras laderas y, en definitiva, por el futuro de quienes vivirán aquí después de nosotros.

No podemos olvidar que vivimos en una región montañosa, donde la protección de la cobertura forestal tiene una importancia enorme.

Por eso resulta significativo que hoy lleguemos incluso a situaciones en las que los Tribunales Agrarios deben intervenir para ordenar medidas de protección o restauración de la cobertura forestal en terrenos donde esta ha sido afectada.

Cuando una sociedad llega a ese punto, debería preguntarse qué está ocurriendo.

¿Estamos utilizando racionalmente la tierra?

¿Estamos respetando las áreas que deben conservarse?

¿Estamos entendiendo que tener una propiedad no significa necesariamente que podamos hacer cualquier cosa con ella?

Creo que ha llegado el momento de hablar con claridad de las fronteras agrícolas.

La agricultura y la conservación no tienen por qué ser enemigas. Al contrario: una agricultura bien planificada necesita agua, suelos fértiles, bosques que protejan las nacientes y ecosistemas que mantengan el equilibrio natural.

Necesitamos producir, sí.

Necesitamos construir, también.

Necesitamos que nuestros agricultores puedan trabajar y que nuestras comunidades puedan desarrollarse.

Pero no a cualquier precio.

La pregunta inicial vuelve entonces a nuestras montañas:

¿Quién cortó las montañas de los Santos?

Las cortaron nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros mismos. Las cortamos buscando alimento, trabajo, vivienda y progreso.

No debemos avergonzarnos de nuestra historia.

Pero sí debemos aprender de ella.

Porque la generación que hoy tiene la responsabilidad de administrar esta tierra ya conoce algo que las generaciones anteriores no podían conocer con la misma claridad: los recursos naturales tienen límites y los ecosistemas necesitan tiempo, espacio y protección para mantenerse vivos.

El mandato de dominio que encontramos en el Génesis no debería convertirse en una licencia para destruir la creación.

Debería convertirse en un llamado a administrarla con inteligencia.

La tierra no solamente nos pertenece a nosotros. También pertenece a quienes vendrán después.

Y quizá esa sea la verdadera pregunta que debemos hacernos:

¿Qué montañas de los Santos queremos entregarles a nuestros hijos y a nuestros nietos?

Porque todavía estamos a tiempo de dejar algunas de pie.




Comentarios

Heiner Fallas 07/09/2026 23:55
El agua el recurso as preciado esta en peligro si seguimos asi, las generaciones venideras , seran los que sufrirían las consecuencias.

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