EL DÍA DE LA MADRE: ¿QUIÉNES SERÁN LAS MADRES DEL FUTURO?
Cada 15 de agosto, Costa Rica se viste de flores, chocolates, restaurantes, perfumes, electrodomésticos y mensajes llenos de ternura. Las vitrinas se transforman y la publicidad nos recuerda, una y otra vez, que ha llegado el momento de celebrar a mamá.
Y está bien que así sea.
Una madre merece reconocimiento. Merece gratitud. Merece que sus hijos le digan cuánto la aman y cuánto significa para ellos haber recibido de ella el regalo de la vida.
Pero detrás de esta celebración hay una pregunta que pocas veces nos hacemos:
¿Quiénes serán las madres que celebraremos dentro de treinta o cuarenta años?
No es una pregunta contra las mujeres. Tampoco pretende decirle a ninguna mujer qué debe hacer con su vida. Cada persona tiene derecho a decidir libremente si quiere o no tener hijos.
Mi preocupación es de otra naturaleza.
Vivimos una época en la que la maternidad parece ocupar un lugar cada vez más complicado dentro del proyecto de vida de las nuevas generaciones. Las prioridades han cambiado. La realización personal se asocia, cada vez más, con la independencia, la profesión, el éxito económico, los viajes, el bienestar individual y la posibilidad de vivir sin determinadas responsabilidades familiares.
Todo eso puede ser legítimo.
Pero hay una pregunta que deberíamos atrevernos a formular: ¿qué sucede con una sociedad cuando tener hijos deja de ser un proyecto deseable para una parte importante de sus nuevas generaciones?
Porque existe una paradoja que resulta difícil ignorar.
Durante unas semanas, la sociedad entera exalta la figura materna. La publicidad nos dice que mamá es lo más importante, que merece lo mejor, que debemos agradecerle sus sacrificios.
Pero, simultáneamente, parece que cada vez resulta menos frecuente que las nuevas generaciones quieran asumir el desafío de convertirse en padres y madres.
Entonces surge otra pregunta:
¿Para quién serán las campañas publicitarias del Día de la Madre dentro de algunas décadas?
¿Quién recibirá las flores? ¿Quién abrirá los regalos? ¿Quién escuchará el tradicional “Feliz Día, mamá”?
La pregunta tiene además una dimensión que va más allá de los sentimientos.
Una sociedad que tiene cada vez menos hijos es una sociedad que envejece. Las generaciones disminuyen y, con ellas, disminuye también la cantidad de personas que mañana tendrán que sostener las instituciones, la economía, los servicios públicos y, finalmente, a las generaciones mayores.
No se trata solamente de estadísticas.
Se trata de continuidad.
Cada generación recibe una historia que no comenzó con ella y tiene, de alguna manera, la posibilidad de entregarla a la siguiente.
Nuestros padres nos recibieron en este mundo. Nuestros abuelos hicieron posible la existencia de nuestros padres. Y así, generación tras generación, la humanidad ha continuado su camino.
Hoy, sin embargo, parece existir una transformación profunda: para muchas personas, tener hijos ya no es una consecuencia natural de formar una familia, sino una opción que puede descartarse completamente.
Y debemos pensar qué significa eso.
Recuerdo una frase atribuida a Santa Teresa de Calcuta que siempre me ha impresionado. Se dice que el mundo no terminaría necesariamente por una tercera guerra mundial, sino cuando las mujeres dejaran de querer tener hijos.
No sé si la frase fue pronunciada exactamente de esa manera. Pero la idea que contiene merece nuestra reflexión.
Una guerra puede destruir ciudades en cuestión de días.
La desaparición demográfica de una sociedad puede ocurrir de manera mucho más silenciosa.
No necesita bombas.
No necesita ejércitos.
Puede comenzar simplemente cuando una generación deja de tener hijos y la siguiente hace lo mismo.
Por supuesto, no podemos convertir esta reflexión en una exigencia dirigida exclusivamente a las mujeres. La maternidad tiene su contraparte inseparable en la paternidad. Tener un hijo no es una tarea femenina: es una responsabilidad humana, familiar y social.
Y tampoco podemos ignorar las razones que llevan a muchas parejas a tener pocos hijos o a no tenerlos. El costo de la vida, la vivienda, el empleo, la incertidumbre económica, la dificultad para conciliar trabajo y familia y muchos otros factores pesan sobre las decisiones de las nuevas generaciones.
Por eso, quizá el verdadero desafío no consiste en preguntarles a los jóvenes por qué no quieren tener hijos.
Tal vez deberíamos preguntarnos:
¿Qué clase de sociedad estamos construyendo para que tener hijos vuelva a ser una posibilidad esperanzadora y no una carga imposible de asumir?
Este 15 de agosto, cuando compremos un regalo, llevemos flores o nos sentemos junto a nuestra madre para decirle cuánto la queremos, podríamos hacer también una pausa.
Mirarla.
Recordar que antes de ser la mujer que hoy conocemos como “mamá”, fue una joven que alguna vez decidió —o aceptó— abrirle espacio en su vida a otra persona.
Y gracias a esa decisión, nosotros estamos aquí.
Quizá ese sea el verdadero sentido de celebrar el Día de la Madre.
No solamente agradecer a las madres que ya existen, sino preguntarnos qué lugar queremos darle a la maternidad en el futuro.
Porque las madres de hoy algún día faltarán.
Y entonces tendremos que mirar alrededor y preguntarnos quiénes serán las madres de mañana.
Una sociedad puede celebrar a la madre durante un día. Lo verdaderamente importante es preguntarnos si estamos construyendo una sociedad que quiera seguir teniendo madres.